Soberanía alimentaria y salud mental comunitaria

Por: Fernanda Sánchez Jaramillo

Fotos: Laura Antonia Coral y Beatriz Elena Arias L. (Argelia, Antioquia).

 

Durante los años 2014 y 2015, la enfermera, PhD en Salud mental comunitaria, profesora de la Universidad de Antioquia, Beatriz Elena Arias López lideró un equipo de expertos y representantes de la Asociación Campesina de Antioquia (ACA) y llevaron a cabo una investigación en el municipio de Argelia (Antioquia) acerca de la relación entre la soberanía alimentaria y la salud mental comunitaria de sus habitantes.

¿Por qué quisieron explorar esta relación? Antes Beatriz había trabajado durante tres años preguntándose si era posible hablar de salud mental en el contexto de guerra de Colombia, no desde el trauma, si no desde la perspectiva cotidiana sobre cómo se instaló la violencia en el territorio y su impacto en la salud mental.

En esa investigación denominada Violencia, Resistencia y Subjetividad: Destejer y tejer la salud mental en San Francisco Antioquia entre los años 2010 y 2013, la pregunta por la salud mental colectiva sugirió como respuestas más relevantes las resistencias campesinas y su relación con el elemento de sentido vital colectivo, que es la posibilidad de producir su comida y cuidar sus territorios.

Ese es el antecedente de este trabajo en Argelia sobre los impactos de la guerra en la comunidad y su relación con el territorio y la producción de alimentos.

La salud mental como concepto, aclara Beatriz, es construido desde saberes especializados, pero este se expresa en las prácticas sociales: “No es que yo llegue a una comunidad y diga: vi la salud mental, si no que uso ese concepto como unas gafas para analizar algunas prácticas en la vida cotidiana. ”

Para llevar a cabo este trabajo en Argelia, las investigadoras se alejaron del modelo biomédico y su concepción de la salud mental y, en cambio, tuvieron en cuenta estas tres perspectivas:

*El enfoque psicosocial, que sin homologarse completamente con la salud mental, permite tener una mirada fundamentada en derechos y en reconocimiento de la singularidad de las experiencias de sufrimiento.

*Antropología Médica, con sus aportes en categorías comprensivas como las de sufrimiento social.

* Salud Colectiva Latinoamericana, con su mirada sobre los procesos de determinación social del proceso salud-enfermedad- atención- cuidado-muerte; además, de posicionar el lugar del sujeto en tensión con las estructuras, con su papel activo en la construcción y producción de la historia.

Estas tres perspectivas han desarrollado un concepto de salud mental amplio y complejo, más allá de los conceptos institucionalizados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) o aquellos derivados de la concepción bio-médica, más centrados en la enfermedad.

Teniendo en cuenta que el concepto de salud mental es académico, no nombrado por las personas, tomaron elementos de esas tres perspectivas para su trabajo en salud mental en Argelia (Antioquia).

De la antropología médica tomaron por ejemplo conceptos como el sufrimiento que se refiere a una condición existencial de las personas no una patología.

Esos sentimientos de incertidumbre y desesperanza, explica Beatriz, acuñados por los autores de esta corriente de pensamiento, permiten comprender mejor la situación de las comunidades campesinas.

¿Por qué? Porque la principal fuente de sufrimiento, la guerra, quebró el sentido de la vida campesina la cual gira alrededor de la producción del alimento.

“La producción del alimento ocupa un lugar central, no solo por su importancia nutricional, sino por su valor como eje político, que permite las relaciones entre las comunidades y les permite mantenerse vivos, porque les brinda autonomía y decisión”, añade Beatriz.

El alimento ocupa un lugar crítico para las comunidades campesinas, promueve un sentido colectivo, comunitario, una posibilidad asociativa y nuevas formas de entender la salud mental.

Dota de sentido la vida campesina: ser campesino es cultivar alimentos, es ser productor y ser consumidor, no solo habitar el campo. De esta manera empieza a tejerse el concepto de salud.

Desde el trabajo realizado en San Francisco (Antioquia) en el año 2013 observaron que la guerra había quebrado lo campesino, lo comunitario y el territorio como espacio afectivo y de producción.

La guerra rompió su capacidad de ser productores de su alimento para la subsistencia, pues el desplazado no podía sembrar el campo, su terruño.

Pero cuando pudieron retorna, indica Beatriz, retomaron las actividades que le dan sentido a sus vidas tales como reconstruir sus espacios cotidianos, acercarse a los vecinos y retejer la confianza con los otros, con el mundo que habitan, esto fortalece la salud mental.

“Este es el campo por excelencia para entender cómo se producen los vínculos sociales, entendiendo la salud mental como la manera en que se construyen los vínculos con otros”, explica Beatriz.

Ese vínculo social se quebró el aislamiento, desplazamiento, la desconfianza, por la guerra entre prójimos, Entre Prójimos es el título del libro de Kimberly Theidon sobre el conflicto armado en Perú.

La guerra ocasiona que la gente no pueda vivir junta en el espacio donde se producía el alimento, ya no podían ni sembrar ni trabajar juntos. Después de ese quebrantamiento las personas empiezan a pensar cómo podemos producir juntos, desean volver a producir alimentos y volver a darle sentido a la vida.

“La salud mental se puede precarizar allí donde el territorio es amenazado por proyectos mineros, agroindustriales o hidroeléctricos porque no es el sentido de vida de las comunidades. Esto precariza las relaciones, los vínculos de trabajo porque en el campo se produce lo que da sentido a la vida” señala Arias.

La pregunta por la salud mental colectiva en dicho estudio sugirió como las respuestas más relevantes las resistencias campesinas y su relación con el elemento de sentido vital colectivo, que es la posibilidad de producir su comida y cuidar sus territorios.

El término salud mental es nombrado -sobre todo mujeres que vivieron en conflicto armado- como la paz, vivir tranquilos en sus espacios con sus vecinos, el apoyo entre pares, las formas de relacionarse con las comunidades, vecinos y sus familias. También como espacio de armonía y tranquilidad con los otros.

La investigación se llevó a cabo en cuatro veredas del municipio de Argelia gracias a la colaboración de la Asociación Campesina de Antioquia (ACA) y a 10 mujeres que participaron activamente en la producción de los datos de la investigación

En las reuniones se conversaba  sobre la soberanía alimentaria y la salud mental, los alimentos que generan soberanía en los territorios, por ejemplo la caña de azúcar, la panela y los cultivos de pan coger.

Se llevaron a cabo visitas domiciliarias para hablar con mujeres mayores sobre las huertas caseras, la producción de alimentos más cercanos a las viviendas y las formas de prepararlos.

Se indagó por los saberes que circulan de forma anónima y silenciosa, sobre medicina tradicional, cuidados locales de su salud, preparados que usan en sus cultivos y prácticas de producción orgánicas.

En el desarrollo de esta investigación se recogieron saberes locales, que se convierten en saberes vitales pues permiten tejer relaciones propias y generar procesos sostenibles para su existencia como comunidad. Como parte de esta experiencia se organizaron un festival gastronómico, un vivero y se hizo un inventario de semillas criollas-nativas.

La construcción del vivero permitió tener plántulas y disponer siempre del alimento. El archivo de plantas sirve para mantener viva su historia y disponer de las recetas de sus ancestros.

En el transcurso del proceso –sostiene Beatriz- se dio una terapéutica comunitaria entendida en un sentido de colaboración, de trabajo campesino que empieza a sanar las huellas que dejó la guerra, a superar las distancias, a sanar desconfianzas y temores.

Cuando se generaron proyectos como la feria campesina, el vivero, o cualquier otro emprendimiento de la comunidad se piensa en volver a producir alimentos juntos, usando sus saberes.

“Eso reteje los lazos y los vínculos rotos, en ese sentido se convierte en terapéutica así ellos no le den ese nombre. Se retejen los lazos rotos por la guerra, el sentimiento se transforma en esperanza de vida, ganas de seguir para adelante, se comprende que la vida es con otro, que no es adversario”, enfatiza Beatriz.

Si el lugar de la salud mental es el lugar de los vínculos y relaciones, insiste Beatriz, esas actividades que crean nuevos lazos fomentan la confianza para volver a vivir juntos y se convierte en terapia fundamental porque surge de las comunidades mismas, con sus propios recursos.

“Es una terapéutica endógena que para las formas más convencionales de entender la salud mental tal vez no tenga mucho sentido, pero la salud mental se fortalece al recobrar el sentido de la vida tan quebrado.

“Por eso, seguir pensando que la soberanía alimentaria, que le da la posibilidad de tomar decisiones y generar autonomía son formas mas favorables al fortalecimiento de la salud mental y no otras que generan dependencia de un saber determinado”, añade Beatriz Arias.

Ana Joaquina Galeano Cardona fue una de los co-investigadoras del proyecto. Ella es una mujer campesina de Argelia (Antioquia). Ella se encargó de visitar a personas adultas mayores en las veredas.

Durante las charlas les preguntó acerca del alimento, especialmente sobre cómo lo cultivaban antes, y a partir de los relatos como respuestas a sus preguntas fueron construyendo una memoria colectiva.

FSJ: ¿Antes del proyecto, conocía el concepto de salud mental?

AJG: No tenía ni idea de qué se trataba, no lo había escuchado mentar. Pero ahora sí porque nos explicaron muy bien qué significaba y a través de un taller todos construimos ese concepto.

FSJ: ¿Cómo relaciona la comunidad campesina soberanía alimentaria con salud mental?

AJG: Los que producen los alimentos, deciden qué consumen, en qué cantidad y los producen de manera limpia, tienen una alimentación sana y soberanía alimentaria. Todo esto va de la mano con la salud mental que es poder estar tranquilos y poder trabajar en el campo.

Si tenemos dónde producir, qué consumir y nadie nos está imponiendo nada podemos estar tranquilos donde habitamos y tener una buena salud, que es lo más importante.

FSJ: ¿Por qué prefieren el término soberanía alimentaria y no seguridad alimentaria?

AJG: Soberanía alimentaria para nosotros, es poder decidir qué y cómo producimos, es tener nuestra propia autonomía de lo que consumimos. Seguridad alimentaria, es un término nada más, pues el gobierno dice garantizar la alimentación porque están los supermercados llenos, pero no sabemos de donde viene este alimento, quién lo produce; además, tiene agro-tóxicos que causan problemas en la salud.

FSJ: ¿Qué impacto tiene la soberanía alimentaria en la comunidad?

AJG: Es positivo porque si vivimos en el campo y sembramos estamos fomentando la agricultura; además, tenemos autonomía. Nos sentimos bien porque estamos construyendo una economía propia.

*** Al preguntarle a Beatriz Arias si existe alguna investigación anterior sobre el tema de soberanía alimentaria y salud mental en Colombia respondió que no conoce ninguna y aclaró: “Las exploraciones por la soberanía alimentaria han tocado otras aristas, muy relacionadas con la salud mental, pero no nombradas propiamente como tal. Lo mas cercano al campo de la salud es lo relacionado con lo nutricional”.

Descarga el artículo académico de esta investigaciónSoberaníaalimentariaysaludmental

 

 

“El testimonio crudo es obsceno”, Marcelo Viñar

Marcelo Viñar, psicoanalista uruguayo.

En el periodismo actual, hay ejemplos de los dos extremos de testimoniar la “verdad”, lo más cercana a la realidad o de crear una ficción periodística por intereses espurios, de deformar esa realidad que es la fuente de la historia verdadera creando mentiras y ficciones.

Por: Fernanda Sánchez Jaramillo

FSJ: ¿Cuáles son los efectos sociales, simbólicos y psíquicos que pueden tener en las personas las diferentes narrativas que elija el periodista?

MV: Bueno, usted es periodista, así que la pregunta es al revés, del sabio al ignorante.

FSJ: No… el sabio es usted Profesor. Escuché su intervención en el Foro: Conocer y representar y me impactó su análisis sobre este tema.

MV: Un periodista, yo lo entiendo como el oficio de un portavoz, del que toma algo de lo caótico, del saber que circula en lo social. Los seres humanos construimos lo social para vivir, lo que nos caracteriza es nuestra condición de seres hablantes en intercambio con otros y la diversidad. El periodista es una especie de esponja que trata de empaparse, de mojarse con la diversidad caótica de las informaciones que circulan y darles una cierta organización, que pasa por su aparato mental.

Cuando la información que circula en la vida humana lleva grados de intensidad y de violencia como las que se viven en Colombia, la tendencia frente al horror es la de huir, de espantarse, de ausentarse. Entonces hay un efecto de silencio, de vacío representacional.

Algunos pensadores franceses dicen que el horror  fascina y espanta; es decir que nos atrae pero nos hace huir. La función del periodista[i] ahí es frenar ese movimiento de huida, restituir la palabra donde puede haber un vacío representacional y silencio.

FSJ: Eso me lleva a la siguiente pregunta: ¿Cómo evitar que -por esa fascinación que produce el horror- la representación de la violencia se convierta en una puesta en escena en los medios?

MV: Bueno, la trivialización sobre todo desde la televisión aunque también en el periodismo escrito puede ocurrir lo mismo- el hecho de banalizar el dolor humano  simplificándolo a grados caricaturescos puede ser un peligro. ¿Cómo inventar algo menos crudo que el testimonio crudo? Cómo crear un relato recibible para conmover al lector, es parte de la creatividad y la función del periodista, del narrador.
Cuando el hombre no puede decir algo de manera sencilla, crea destrezas o talentos especiales; del amor hablamos todos los seres humanos pero solo los poetas lo dicen con elocuencia. A mí me gustaría pintar como Van Gogh pero no puedo hacerlo. Ahí hay un problema el talento, de la creatividad de cada ser humano para poder conmover, eso lo logran solo los creadores.

FSJ: Nosotros tenemos ese rol, de portavoz como usted lo llama pero ¿En qué lugar de enunciación debe ubicarse el periodista para que en el proceso creativo no despoje de voz  al entrevistado, a quien comparte su testimonio sobre la violencia?

MV: Ese es un problema de cómo representar y no sustituir.

FSJ: Exacto, esa es mi preocupación constante como periodista.

MV: Está la famosa frase de Primo Levi: “Los verdaderos testimonios no están porque los que podían dar el testimonio, para testimoniar el horror estamos solo los sobrevivientes”.

El sobreviviente siempre ha pactado en algo con el régimen opresor para poder testimoniar después. Yo creo que es humano pagar un precio frente a una situación de opresión para poder testimoniar y defender la vida aún a costa de la humillación. Entonces hay que hacer el esfuerzo de ser un buen portavoz, de ser un buen intermediario de aquél que no está, de restituirlo a través de la palabra y el recuerdo.

La figura del desaparecido en el Cono Sur: Argentina, Uruguay y Chile, decenas de militantes que eran “chupados”, que desaparecían; no se sabía si estaban en la cárcel o cómo estaban.

Eso con el tiempo es un problema muy grande: ¿cómo hacer el duelo de alguien que no se sabe si está muerto? ¿Cómo una familia que se va puede vender una propiedad que co-pertenecía a un desaparecido?

Una madre cuyo hijo desaparece, sin la certeza de que está muerto, aunque estadísticamente sabe que lo está; obligarla a ella a ser la que pronuncie que está muerto es de una violencia inconmensurable. Eso es lo que Gilou García Reinoso llama: “Matar la muerte”.

El desaparecido rompe con todos los rituales que permiten desatar un proceso de duelo. Un desaparecido es un muerto vivo o un vivo muerto; un no estar que no se sabe si es muerte o ausencia y eso crea duelos muy especiales, que obligan al familiar, no al asesino a dar el testimonio de muerte, suprime los rituales de despedida.

FSJ: Usted dice que el periodista es un portavoz, pero es un portavoz que tiene poder al igual que el académico cuando hace un informe de memoria. ¿Cómo reducir ese poder entre el periodista y la persona que comparte su testimonio?

MV: Hay un problema ético ahí. Hay un problema de decencia entre el poder organizar tratando de ser consecuente con la realidad, que a uno lo ha atravesado, y el ser un mercader de mentiras y deformar la realidad por intereses espurios.

En el periodismo actual, hay ejemplos de los dos extremos de testimoniar la “verdad”, lo más cercana a la realidad o de crear una ficción periodística por intereses espurios, de deformar esa realidad que es la fuente de la historia verdadera creando mentiras y ficciones. Es un problema de ética profesional.

FSJ: Gabriel Gatti, sociólogo uruguayo, habla de la recurrencia de sustantivos como “víctima”, “vulnerable”, “marginal” que se  constituyen en categorías sociales. ¿Con qué otros sustantivos podrían ser reemplazados éstos? Tal vez persona victimizada, sobreviviente… Me pregunto eso cada vez que escribo y no encuentro muchas opciones. Yo encuentro persona victimizada, persona en situación de vulnerabilidad en lugar de “vulnerable”, pero no es fácil hallar otras palabras.

MV: Hay una colega suya, Eliana que escribe sobre las vidas que nadie ve. Ella se opone a la categorización; al escribir sobre las vidas que nadie ve, piensa que cada ser humano tiene una insustituible singularidad y que en las situaciones extremas, esa que categoría que llamamos “víctima”, reduce la diversidad humana a una homogeneidad.

Preservar la singularidad es fundamental. Pero cuesta tanto trabajo reconocer lo que es singular en cada ser humano que entonces los unificamos en categorías. Categorizar es reducir realidades, que no tenemos tiempo de digerir, en regularidades observables, que simplifican y ordenan el caos.

Yo creo que hay un trabajo a superar que es reconocer qué es lo propio de ese ser humano singular. Hay muchos modos de ser “víctima” (…) En las situaciones extremas como la tortura, los modos de reparar esa situación agresiva, en lugar de homogenizar se debe observar que cada uno tiene sus propios caminos de reparación del tejido psíquico.

Contra la categoría está la creatividad de lo singular, diferentes modos de relacionarse. Singularizar y categorizar son dos procesos distintos pero complementarios del conocimiento. A mí personalmente las categorías que homogenizan, y que a mi amigo Gabriel Gatti le encantan, a mí me irritan.

FSJ: A mí también… Me resisto a ellas.

MV: Es más lindo saber en qué usted es distinta y cómo podemos definir nuestras alteridades, que decir usted es mi espejo y yo soy su espejo porque somos los dos humanos, somos los dos adultos y, por ello, entonces vamos a sentir lo mismo.

FSJ: En Colombia se recurre a la imagen doliente del desplazado, del desaparecido y genera una empatía pero es momentánea, luego no se les recuerda. ¿Cómo construir desde los medios, esa compresión crítica de la violencia diferente a esa empatía pasajera que se genera frente al horror? ¿Cómo construir un mensaje más sólido, dotado de contexto?

MV: Para ello, le contesto con una categoría: una es el espectador, que es el que ve y percibe, pero no siente y, otra es el testigo capaz de compartir con empatía el dolor del otro. Si compartiéramos todos los dolores del mundo, nos moriríamos de dolor; entonces, debemos elegir dónde podemos conmovernos.

También hay un límite de sensibilidad, de proximidad; hay horrores del pasado que están a mayor distancia; uno piensa lo que fue el esclavismo, la inquisición, la Conquista de América, que fueron tan brutales, pero no nos irradian tanto como la inmediatez frente a lo cercano que tienen los dolores de la actualidad porque ahí podemos operar y actuar. Aquí operan la vecindad espacio-temporal, la disposición para conmoverse.

FSJ: En Colombia se promueve, desde los informes de memoria oficiales y desde los medios una memoria victimizada. ¿Para qué sirve esa memoria victimizada, del sufriente, no del sobreviviente?

MV: El famoso cineasta  Steven Spielberg tiene miles de testimonios del holocausto. Hace la pregunta y el entrevistado responde. Crea un Museo del Holocausto que es la acumulación de testimonios de cientos de miles de víctimas, esa es una estrategia archivista para acumular información.

El testimonio crudo es obsceno y uno se fastidia, se aburre. Si uno trata de imaginar todas las flores del mundo no siente nada, pero si ve una flor puede conmoverse por la belleza de esa flor; si son las flores generales, es una categoría anodina.

Jorge Semprún dice hay que hacer el relato de lo que ocurrió pero también hacer algo más; darle a eso no solo una crónica despojada de afectos, sino que pase la simple crónica descriptiva y que signifique los sentimientos que circularon en ese momento en la víctima; es decir, testimoniar no es decir simplemente me pasó tal cosa.

FSJ: Finalmente, en el Foro: Conocer y Representar[ii] usted dijo que una memoria excesiva es escatológica: ¿Por qué y cómo se mide el exceso de memoria?

MV: Se mide por el grado en que impide navegar en una vida feliz y creativa. La memoria es escatológica cuando se ancla en el hecho de terror y da vueltas como la noria alrededor del hecho de terror. Vivir encerrado allí, impide vivir la vida y uno es un quejoso que se lame las heridas, un gato lastimado.

Esto es perturbador para la propia víctima y para todo su entorno porque es un lamerse y gemir que no es solo propio, sino que contagia y espanta a los seres cercanos.

Vivir en función del terror impide vivir. Yo recurro a Jorge Semprún: “Una parte de uno queda siempre en el Campo de Concentración”, pero se sigue… Se divide interiormente y en otra parte de uno, uno tiene que seguir viviendo, amando, trabajando, creyendo y, de vez en cuando, visita sus recuerdos de dolor. Pero se debe  impedir que esos recuerdos de dolor ahoguen y sofoquen la felicidad del presente y del futuro. La diferencia entre el duelo y la melancolía, decía Freud, es la duraciónEl duelo tiene un tiempo de cierre, la melancolía es la perpetuidad. El dolor tiene que ser una experiencia destinada a concluir. Lo escatológico es transformar la queja en interminable.

*Esta entrevista fue publicada originalmente en Literariedad.

“Los medios tienen el deber ético de crear escenarios para que la sociedad se relacione en términos de escucha”, Juan Pablo Aranguren

Entrevista, a Juan Pablo Aranguren, doctor en ciencias sociales, magister en antropología y psicólogo y profesor de la Universidad de los Andes.

FSJ: ¿Qué campos semánticos y metafóricos se pueden utilizar para reemplazar los campos bélicos utilizados en los medios de comunicación e incluso en informes de memoria para representar a las comunidades?

 

JPA: Yo creo, que el primer elemento a considerar es que nuestro lenguaje -casi inevitablemente- ha sido impactado por la guerra. En esa medida, nuestro lenguaje, las ciencias sociales, la comunicación y el conocimiento están profundamente impactados por la guerra.

Nuestro relacionamiento con el otro, está relacionado con los marcos de guerra, como explica Judith Butler, que nos obligan a reconocer ciertas vidas como dignas de duelo y otras muertes que no valen la pena ser lloradas.

Entonces creo que el elemento fundamental, e inicial, es repensar de qué manera nuestras estructuras epistemológicas han sido influenciadas por estas dinámicas bélicas y cómo podemos reconocernos en ese otro que decimos no ser.

Muchas veces decimos: ¡no soy víctima! ¡No soy combatiente! Pero cuando replanteamos nuestra historia personal, nuestra genealogía descubrimos que muchos de nosotros o alguien de nuestra familia lo ha sido.

Puedes encontrar familias impregnadas por la dinámica de la guerra de este país. Necesitamos nuevos marcos epistémicos para reconocernos en otros, en ese que decimos no ser. Todos tenemos algo de víctimas y de cómplices. Transformar esos marcos es un punto esencial.

FSJ: ¿ Esa representación constante del victimario y la victima dignifica a las personas?

JPA: Creo, que la categoría de víctima es un concepto interesante; si bien etimológicamente viene de una idea del puesto en sacrificio, en términos legales tiene un buen recorrido porque permite reconocer que alguien te hizo daño, que no es tu culpa.

En términos legales nos dice que alguien hizo un daño y en ese sentido es un concepto justo, alude a que uno es víctima de alguien y no de uno mismo. En términos psíquicos, significa que el daño es causado por otro y no soy responsable de mi sufrimiento.

El concepto de victimario cada vez me gusta menos;  especialmente, cuando es aplicado genéricamente a todos los grupos combatientes, de los grupos armados ilegales.

A mí me parece que el concepto de victimario debería permitir diferenciar un combatiente y excombatiente y nombrarlo no solamente como victimario, pues eso nos permitiría reconocer otras historias.

El concepto victimario suena mejor cuando pensamos en grandes perpetradores de violencia como los genocidios y no porque ellos no tengan responsabilidad si no porque los combatientes son más que victimarios, tienen historias de victimización,  han tenido en sus vidas actos de compasión hacia otros seres humanos.

Además es importante destacar la diversidad entre combatientes y sacarlos del “monstruo” producido por la guerra porque a los monstruos no se los puede juzgar porque necesitan exorcismos, pero no ser juzgados.

Pero cuando reconocemos la humanidad del combatiente, entra en el ámbito de lo juzgable y de quien tenía la posibilidad de hacer o no hacer algo. 

Si reconocemos que es un ser humano y no un producto monstruoso de la máquina de guerra vemos que es alguien que toma decisiones de compasión y de asesinatos, no solo de compasión y no solo de lo bélico.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en el imaginario colectivo la representación constante y repetida de porciones de verdad por parte de los medios de comunicación?

JPA:  Yo creo que eso genera algo que Martín Baró, un psicólogo social español que vivió en El Salvador, decía: hay un efecto en la guerra por el poder de los medios de comunicación para establecer las mentiras institucionalizadas.

Las mentiras institucionalizadas son los fragmentos de verdad que se presentan como verdaderos a partir del lugar de poder que ocupan los medios de comunicación.

Por ejemplo cuando Álvaro Uribe Vélez decía que los jóvenes víctimas de ejecuciones extrajudiciales no eran muchachitos que estaban recogiendo café, eso se instaló como una mentira institucionalizada. Ese lugar de enunciación, ese mismo poder no lo tenía la madre de Soacha porque los medios no estaban a su servicio.

De la misma manera que la guerra habilita marcos epistémicos para relacionarnos con  los otros, también habilita una manera de relacionarnos con las vidas y las muertes.

Los medios se movilizan más con el secuestro que con la desaparición forzada y eso es problemático. Los medios habilitan un relacionamiento con ciertos hechos de violencia y esto provoca más compasión con unos que con  otros.

Por ello, una señora de la clase media bogotana se conmueve con el relato de Ingrid Betancur, de Alan Jara pero no con las ejecuciones extrajudiciales. Ese concepto de mentira institucionalizada nos revela mucha, y se relaciona con esas porciones de relatos como verdad imperecedera.

Algo que generan los informes de memoria histórica, sin proponérselo, es que han puesto la luz sobre ciertos hechos y oscurecen otras narrativas.  Yo tengo un pronóstico triste: creo que acá puede pasar lo que ocurrió en Chile, una vez terminaron los informes de memoria, esas voces persistentes de las víctimas se convirtieron en voces molestas, impertinentes. (Los chilenos pensaban pero sí ya se les hizo un documental, ya se les publicó un libro).

Es como pasar la página sin terminar de leer el libro. Ese pasar la página es problemático, es como: ¡ya está!, ya hicimos la tarea aunque el informe lo que indique es que la situación está tremendamente complicada.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en las audiencias hacer del conflicto armado, armado, el desplazamiento, la desaparición forzada, el secuestro un espectáculo?

JPA:  No es conveniente para la salud mental de nadie. Por ejemplo, estos escenarios de pedir perdón de los paramilitares no son emocionalmente favorables porque se cumple un requisito de la Ley de Justicia y Paz pero no es benéficoEn las audiencias el lugar de enunciación del victimario fue privilegiado y no el de la víctima, entonces se invierten los procesos.

En Argentina, en cambio, las víctimas son las que hablan y el tiempo para los “victimarios” es más corto. La estructura misma de la Ley de Justicia y Paz privilegia al victimario.

FSJ: ¿Qué efecto tiene en la persona que ha sido víctima y/o testigo de violencia ser representada como sujeto pasivo al recibir ayuda del gobierno y como sujeto activo, cuando exige y demanda del Estado algo?

JPA: Las políticas del reconocimiento implican que si eres reconocido como pobre puedes aplicar por subsidios para casas, si eres pobre y pilo puedes aplicar para becas universitarias.

Las políticas de reconocimiento promueven un lugar de enunciación incómodo para el resto de la sociedad, pero las víctimas son más que su lugar de enunciación. Una víctima puede recibir dinero un día por concepto de reparación y al otro día, ser un sujeto activo que se moviliza al igual que cualquiera de nosotros.

Los seres humanos somos más que ese lugar donde nos puso la guerra. Una manera de quebrar esas narrativas, es enunciar las víctimas más allá del sufrimiento porque son personas que hacen más cosas, son universitarios, trabajadores, etc.

FSJ: ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas de las imágenes fijas, auditivas, visuales y escritas, de desaparecidos, desplazados, torturados, repetidas por los medios de comunicación?

JPA:  En mis clases de psicología comprendí que el desencanto de los estudiantes con la violencia y el conflicto armado obedecía al cansancio y agotamiento frente a estos temas.

Comprendí que ese desencanto de mis estudiantes era el reflejo de su aversión a los impactos de la guerra. Ellos me dijeron que no es que no les importara sino que estaba relacionado con una condición de exacerbación mediática de los temas lo cual ha generado un distanciamiento.

El impacto psicológico es un síntoma social, un trauma social. Un  síntoma social sería una cierta aversión, negación y toma de distancia frente a estos temas porque no queremos acercarnos a ellos, queremos ver la Selección Colombia, a la gente ganando y no la guerra.

Otra consecuencia fue el impacto psicosocial del asesinato de candidatos políticos en los años 90. ¿Por qué las nuevas generaciones no somos capaces de llegar a algo más pleno? Porque asociamos la política con el dolor y el sufrimiento y es difícil que esta generación se lance a la política, asociada con la muerte.

FSJ: ¿La forma en que los medios representan la violencia obstaculiza o retrasa el proceso de superación de la condición victimizante por parte de las personas?

JPA: Creo no tienen el poder de retrasar o empujar, pero sí tienen un deber ético de crear escenarios para que la sociedad se relacione en términos de escucha. Esto es posible utilizando otros sonidos, otras voces y cambiando el espectro auditivo para que no resuene con lo mismo.

Los medios de comunicación son recurrentes en el desencanto y fijación de los mismos sonidos. Por eso necesitas escuchar otro tipo de enunciación de voces, que nos hablen de la violencia de otra manera que nos permitan salir del embotamiento en que hemos caído con esa reiteración de sonidos e imágenes, para eso está la literatura el cine, es buscar otros lugares de enunciación, ver otra cosa.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en la salud mental de los colombianos el discurso de la impotencia construido por los medios de comunicación para representar a las víctimas?

JPA:  Primero, habilita un tipo de ideas sobre las  víctimas relacionadas con un ser humano desprovisto de agencia y de condiciones económicas favorables, de asociación de las víctimas con el pobre y el pobrecito.

Esto hace que, como sociedad, la narrativa de víctima que se ha instalado es la de alguien que solamente sufre, pero quienes los conocemos sabemos que son seres “con agencia” no son solo seres sufrientes y mares de lágrimas, sino capaces de movilizarse social y políticamente, y que también algunos pueden ser pusilánimes y mediocres.

FSJ: ¿Cómo informar sobre  hechos violentos sin recurrir al efectismo, al horror y el miedo en las noticias?

JPA: Reconociendo en las experiencias de violencia no solamente el daño ni el hecho violento sino al sujeto que vivió el daño porque caes fácilmente en narrar la tortura. Narrar desde la tortura y no hablar del sujeto torturado, que resistió, se enfrentó con dignidad, se entregó que son actos que nos permiten reconocer el sujeto no es solo la tortura sino que se convierte en ese hecho que narra porque le preguntamos solo por eso.

Lo mismo pasa con los combatientes y ex combatientes. Si les preguntas  a los niños excombatientes por un solo tema hablará solo de eso. Pero el sujeto es más que esas narrativas de efectividad del daño.

Hay una relación entre dos, entre el que enuncia y el que pregunta, que puede ser el periodista, el psicólogo, el investigador, el abogado. Debemos reconocer que hay dos sujetos: el que pregunta y escucha y el que habla y enuncia; además, promover una escucha ética, no de subalternización del otro.

Polivictimización genera mayor sufrimiento emocional

Adalberto Campo Arias. Universidad del Magdalena e Instituto de Investigación del Comportamiento Humano.

El médico psiquiatra y doctor en ciencias de la salud e investigador Adalberto Campo llevó a cabo, junto con estudiantes de la Universidad del Magdalena de Colombia, una investigación en el departamento del Magdalena sobre polivictimización a causa del conflicto armado en Colombia.

La polivictimización, definida como un conjunto de experiencias dolorosas o traumáticas, hace que quienes vivieron más de un hecho violento experimenten un mayor sufrimiento emocional. La polivictimización es un estresor mayor que la revictimización, es decir, la repetición de una misma victimización.

Esta es la primera vez que se cuantifica la relación entre polivictimización y sufrimiento emocional. Para establecer esa relación se diseñó un estudio cuantitativo, analítico, observacional y transversal con base en la información de las víctimas del conflicto armado en el Magdalena.

Este estudio de caso determinó la relación entre la polivictimización y el sufrimiento emocional en supervivientes del conflicto armado en 13 municipios del Magdalena entre los años 2013 y 2014.

Consulte los resultados de esta investigación aquí: Polivictimización por el conflicto armado y sufrimiento emocional en el Departamento del Magdalena, Colombia

Contacte al director de esta investigación a los siguientes correos electrónicos:

[email protected] y/o [email protected]

 

 

Conocer y representar el horror

En el foro: Conocer y narrar el horror de la Universidad de los Andes. Un psicólogo social, un sociólogo y un psicoanalista analizaron desde sus áreas de conocimiento, y trabajo, la narración y representación del horror tanto en los medios, los informes institucionales y trabajos de investigación.

El objetivo del encuentro era ofrecer diversas miradas sobre las formas de presentar las experiencias de sufrimiento y victimizaciones como la desaparición y la tortura, entre otras.

El sociológo uruguayo,  Gabriel Gatti, se refirió a los sustantivos de víctimas, y desaparecidos que circulan hoy, de manera frecuente, y mostró algunos textos en los medios de comunicación españoles que reportaron sobre las víctimas de Franco[i].

“Estos sustantivos son categorías, un lugar donde habitar, tener un discurso e identidad. Mostrar la categoría de víctima se ha convertido en receptor de identidad, de discurso”, afirmó Gatti, quien es hijo de desaparecidos.

El sociólogo aseguró que a partir del año 2005 se empezó a  hablar más sobre las víctimas del Franquismo en España y en el 2007 crearon mapas de las fosas comunes, se hablaba de desapariciones.

“Pero esto no quiere decir que las víctimas no existían antes, sino que se empiezan a usar esos conceptos con normalidad (…) Estas categorías sirven de reconocimiento a personas que antes no tenían nombre”, agregó.

Durante su intervención, Gatti compartió una exposición de Gervasio Sánchez, reportero gráfico español, con fotos de desaparecidos de diferentes partes del mundo, que corresponde -según Gatti- una estética de la figura del desaparecido.

Por su parte, Juan Pablo Aranguren explicó que aunque hay una tendencia a no reconocerse en el otro, al buscar en el árbol genealógico siempre se encuentra alguien de la familia que ha sido victimizado.

Aranguren dio un ejemplo de un grupo de estudiantes de Los Andes quienes preocupados por el tema de las “víctimas” y con el interés de entrevistarlas querían buscarlas en barrios humildes de la ciudad; entonces Aranguren los invitó  a buscarlas en la universidad y encontraron entre ellos parientes de líderes de izquierda asesinados, de padres secuestrados comprobando así que la victimización era parte de su historia.

 Conocer y representar

En el transcurso del foro se analizó cómo la “víctima”, aislada en un determinado momento se ubicó en el centro social y en el espacio público como alguien que debe ser reconocido por algo.

Explicó Gatti que existen dos enfoques acerca de  la categoría de víctima: “En el francés, la víctima cada vez se instala más en el espacio colectivo,  quita protagonismo al ciudadano (…) el abordaje anglosajón, que es sensible a atender al dolor de los demás,  plantea convertirlo en un problema social universal”.

Entre tanto, para el psicoanalista Marcelo Viñar, el éxito mediático de la violación de derechos humanos le hace sentir desagrado porque convierte la lucha en un hit televisivo. “Se transforma la tragedia en comedia”.

Sin embargo, “Esta trivialización televisiva y la producción de ídolos, (…) esas contradicciones a veces son fecundas porque reemplazan el silencio abrumador donde los desaparecidos eran desaparecidos”.

En el “posconflicto” esa palabra tan de moda, había una prédica del silencio – continuó Viñar – por eso la trivialización televisiva, esa imagen dice algo aunque aparezca al lado de una publicidad de gaseosas. “La prefiero a la dimensión del silenciamiento cuando éramos mirados con desdén porque queríamos hablar de eso”.

En opinión de Viñar, el tema de este foro no solo era pertinente sino ineludible porque representar es, literalmente, la capacidad de volver presente los objetos ausentes.

“El lenguaje, lograr la capacidad de ser seres hablantes, es un logro de la especie humana, ser seres hablantes. El lenguaje está en contradicción con el horror porque el horror trastoca la capacidad de pensar, somos toda emoción, afecto, pasión y crueldad, del afecto, sin pensamiento (…) Conocer y representar es crear con palabras, por eso el horror es la destrucción de esa empresa creativa”, añadió Viñar.

Para el psicoanalista uruguayo, el relato es parte esencial de cualquier comunidad y es fundamental para conocer el pasado, para saber de dónde venimos y a dónde vamos; de ahí ,que transmitir la memoria sagrada, de valores y creencias, es uno de los más viejos oficios de la humanidad y rasgo distintivo de la especie humana.

¿Cuál es entonces, en términos de memoria, la frontera saludable entre memoria y olvido, quién lo decide? No es el poder político. Es importante preguntarse ¿cómo marcan los roles, los estigmas, cómo marca ser hijo de un ancestro mancillado?

Por una ética de la escucha

En su intervención, Juan Pablo Aranguren sostuvo que algunas organizaciones sociales se han apasionado en narrar el sufrimiento, en que se pone peso a las narrativas gubernamentales y en visibilizar lo silenciado, la violencia extrema.

“Esas prácticas de sistematización  del sufrimiento, han instalado una narrativa sobre la efectividad del daño, en decir cuántos, de qué manera fueron torturados y dónde, pero sin profundizar en la experiencia subjetiva”, explicó Aranguren.

Uno de los efectos de esa narrativa de la efectividad del daño es que se concentra en el lenguaje de responsabilidad, recrea los hechos violentos, se concentra en el hecho y no en la persona que lo experimentó.

El lenguaje estadístico de indagar por el qué (…) ese lenguaje austero y sistemático, la violencia epistémica no se preocupa por los individuos” esas estadísticas pueden ser borradas también, pueden desaparecer.

Aranguren se refirió también a la resistencia de algunas personas que se resisten a los discursos oficiales que “subalternizan” al sujeto, que lo ven como inferior y alguien a quien dotarlo de voz.

También preguntó acerca del lugar desde el que se narra, de la presentación de memorias públicas que hablan solo desde el dolor de la víctima pero que no muestran a la persona en su integridad, más allá del hecho victimizante.

Juan Pablo Aranguren propuso reflexionar acerca del desarrollo de una ética de la escucha por parte de quienes recogen testimonios: periodistas, investigadores, psicólogos, activistas, etc.

Aranguren además invitó a buscar otras formas de narrar el dolor, el horror y recordó que: “quienes están ante el dolor de los demás no pueden escapar del marco geopolítico en que se inscriben”.

La ética de la escucha es una vieja idea a Frantz Fanon[ii], que invita a reconocerse en el otro que decimos no ser, esos otros distantes que decimos no ser: las víctimas o los actores de la guerra. “El acto de reconocernos en el otro, es un camino de la ética de la escucha (…)”, puntualizó Aranguren.

[i] https://www.es.amnesty.org/paises/espana/victimas-de-la-guerra-civil-y-del-franquismo/

[ii] http://www.academia.edu/6398986/PEDAGOG%C3%8DAS_DECOLONIALES

  • Este artículo y la foto aparecieron en Radiomacondo por Fernanda Sánchez Jaramillo.