“Los medios tienen el deber ético de crear escenarios para que la sociedad se relacione en términos de escucha”, Juan Pablo Aranguren

Entrevista, a Juan Pablo Aranguren, doctor en ciencias sociales, magister en antropología y psicólogo y profesor de la Universidad de los Andes.

FSJ: ¿Qué campos semánticos y metafóricos se pueden utilizar para reemplazar los campos bélicos utilizados en los medios de comunicación e incluso en informes de memoria para representar a las comunidades?

 

JPA: Yo creo, que el primer elemento a considerar es que nuestro lenguaje -casi inevitablemente- ha sido impactado por la guerra. En esa medida, nuestro lenguaje, las ciencias sociales, la comunicación y el conocimiento están profundamente impactados por la guerra.

Nuestro relacionamiento con el otro, está relacionado con los marcos de guerra, como explica Judith Butler, que nos obligan a reconocer ciertas vidas como dignas de duelo y otras muertes que no valen la pena ser lloradas.

Entonces creo que el elemento fundamental, e inicial, es repensar de qué manera nuestras estructuras epistemológicas han sido influenciadas por estas dinámicas bélicas y cómo podemos reconocernos en ese otro que decimos no ser.

Muchas veces decimos: ¡no soy víctima! ¡No soy combatiente! Pero cuando replanteamos nuestra historia personal, nuestra genealogía descubrimos que muchos de nosotros o alguien de nuestra familia lo ha sido.

Puedes encontrar familias impregnadas por la dinámica de la guerra de este país. Necesitamos nuevos marcos epistémicos para reconocernos en otros, en ese que decimos no ser. Todos tenemos algo de víctimas y de cómplices. Transformar esos marcos es un punto esencial.

FSJ: ¿ Esa representación constante del victimario y la victima dignifica a las personas?

JPA: Creo, que la categoría de víctima es un concepto interesante; si bien etimológicamente viene de una idea del puesto en sacrificio, en términos legales tiene un buen recorrido porque permite reconocer que alguien te hizo daño, que no es tu culpa.

En términos legales nos dice que alguien hizo un daño y en ese sentido es un concepto justo, alude a que uno es víctima de alguien y no de uno mismo. En términos psíquicos, significa que el daño es causado por otro y no soy responsable de mi sufrimiento.

El concepto de victimario cada vez me gusta menos;  especialmente, cuando es aplicado genéricamente a todos los grupos combatientes, de los grupos armados ilegales.

A mí me parece que el concepto de victimario debería permitir diferenciar un combatiente y excombatiente y nombrarlo no solamente como victimario, pues eso nos permitiría reconocer otras historias.

El concepto victimario suena mejor cuando pensamos en grandes perpetradores de violencia como los genocidios y no porque ellos no tengan responsabilidad si no porque los combatientes son más que victimarios, tienen historias de victimización,  han tenido en sus vidas actos de compasión hacia otros seres humanos.

Además es importante destacar la diversidad entre combatientes y sacarlos del “monstruo” producido por la guerra porque a los monstruos no se los puede juzgar porque necesitan exorcismos, pero no ser juzgados.

Pero cuando reconocemos la humanidad del combatiente, entra en el ámbito de lo juzgable y de quien tenía la posibilidad de hacer o no hacer algo. 

Si reconocemos que es un ser humano y no un producto monstruoso de la máquina de guerra vemos que es alguien que toma decisiones de compasión y de asesinatos, no solo de compasión y no solo de lo bélico.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en el imaginario colectivo la representación constante y repetida de porciones de verdad por parte de los medios de comunicación?

JPA:  Yo creo que eso genera algo que Martín Baró, un psicólogo social español que vivió en El Salvador, decía: hay un efecto en la guerra por el poder de los medios de comunicación para establecer las mentiras institucionalizadas.

Las mentiras institucionalizadas son los fragmentos de verdad que se presentan como verdaderos a partir del lugar de poder que ocupan los medios de comunicación.

Por ejemplo cuando Álvaro Uribe Vélez decía que los jóvenes víctimas de ejecuciones extrajudiciales no eran muchachitos que estaban recogiendo café, eso se instaló como una mentira institucionalizada. Ese lugar de enunciación, ese mismo poder no lo tenía la madre de Soacha porque los medios no estaban a su servicio.

De la misma manera que la guerra habilita marcos epistémicos para relacionarnos con  los otros, también habilita una manera de relacionarnos con las vidas y las muertes.

Los medios se movilizan más con el secuestro que con la desaparición forzada y eso es problemático. Los medios habilitan un relacionamiento con ciertos hechos de violencia y esto provoca más compasión con unos que con  otros.

Por ello, una señora de la clase media bogotana se conmueve con el relato de Ingrid Betancur, de Alan Jara pero no con las ejecuciones extrajudiciales. Ese concepto de mentira institucionalizada nos revela mucha, y se relaciona con esas porciones de relatos como verdad imperecedera.

Algo que generan los informes de memoria histórica, sin proponérselo, es que han puesto la luz sobre ciertos hechos y oscurecen otras narrativas.  Yo tengo un pronóstico triste: creo que acá puede pasar lo que ocurrió en Chile, una vez terminaron los informes de memoria, esas voces persistentes de las víctimas se convirtieron en voces molestas, impertinentes. (Los chilenos pensaban pero sí ya se les hizo un documental, ya se les publicó un libro).

Es como pasar la página sin terminar de leer el libro. Ese pasar la página es problemático, es como: ¡ya está!, ya hicimos la tarea aunque el informe lo que indique es que la situación está tremendamente complicada.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en las audiencias hacer del conflicto armado, armado, el desplazamiento, la desaparición forzada, el secuestro un espectáculo?

JPA:  No es conveniente para la salud mental de nadie. Por ejemplo, estos escenarios de pedir perdón de los paramilitares no son emocionalmente favorables porque se cumple un requisito de la Ley de Justicia y Paz pero no es benéficoEn las audiencias el lugar de enunciación del victimario fue privilegiado y no el de la víctima, entonces se invierten los procesos.

En Argentina, en cambio, las víctimas son las que hablan y el tiempo para los “victimarios” es más corto. La estructura misma de la Ley de Justicia y Paz privilegia al victimario.

FSJ: ¿Qué efecto tiene en la persona que ha sido víctima y/o testigo de violencia ser representada como sujeto pasivo al recibir ayuda del gobierno y como sujeto activo, cuando exige y demanda del Estado algo?

JPA: Las políticas del reconocimiento implican que si eres reconocido como pobre puedes aplicar por subsidios para casas, si eres pobre y pilo puedes aplicar para becas universitarias.

Las políticas de reconocimiento promueven un lugar de enunciación incómodo para el resto de la sociedad, pero las víctimas son más que su lugar de enunciación. Una víctima puede recibir dinero un día por concepto de reparación y al otro día, ser un sujeto activo que se moviliza al igual que cualquiera de nosotros.

Los seres humanos somos más que ese lugar donde nos puso la guerra. Una manera de quebrar esas narrativas, es enunciar las víctimas más allá del sufrimiento porque son personas que hacen más cosas, son universitarios, trabajadores, etc.

FSJ: ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas de las imágenes fijas, auditivas, visuales y escritas, de desaparecidos, desplazados, torturados, repetidas por los medios de comunicación?

JPA:  En mis clases de psicología comprendí que el desencanto de los estudiantes con la violencia y el conflicto armado obedecía al cansancio y agotamiento frente a estos temas.

Comprendí que ese desencanto de mis estudiantes era el reflejo de su aversión a los impactos de la guerra. Ellos me dijeron que no es que no les importara sino que estaba relacionado con una condición de exacerbación mediática de los temas lo cual ha generado un distanciamiento.

El impacto psicológico es un síntoma social, un trauma social. Un  síntoma social sería una cierta aversión, negación y toma de distancia frente a estos temas porque no queremos acercarnos a ellos, queremos ver la Selección Colombia, a la gente ganando y no la guerra.

Otra consecuencia fue el impacto psicosocial del asesinato de candidatos políticos en los años 90. ¿Por qué las nuevas generaciones no somos capaces de llegar a algo más pleno? Porque asociamos la política con el dolor y el sufrimiento y es difícil que esta generación se lance a la política, asociada con la muerte.

FSJ: ¿La forma en que los medios representan la violencia obstaculiza o retrasa el proceso de superación de la condición victimizante por parte de las personas?

JPA: Creo no tienen el poder de retrasar o empujar, pero sí tienen un deber ético de crear escenarios para que la sociedad se relacione en términos de escucha. Esto es posible utilizando otros sonidos, otras voces y cambiando el espectro auditivo para que no resuene con lo mismo.

Los medios de comunicación son recurrentes en el desencanto y fijación de los mismos sonidos. Por eso necesitas escuchar otro tipo de enunciación de voces, que nos hablen de la violencia de otra manera que nos permitan salir del embotamiento en que hemos caído con esa reiteración de sonidos e imágenes, para eso está la literatura el cine, es buscar otros lugares de enunciación, ver otra cosa.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en la salud mental de los colombianos el discurso de la impotencia construido por los medios de comunicación para representar a las víctimas?

JPA:  Primero, habilita un tipo de ideas sobre las  víctimas relacionadas con un ser humano desprovisto de agencia y de condiciones económicas favorables, de asociación de las víctimas con el pobre y el pobrecito.

Esto hace que, como sociedad, la narrativa de víctima que se ha instalado es la de alguien que solamente sufre, pero quienes los conocemos sabemos que son seres “con agencia” no son solo seres sufrientes y mares de lágrimas, sino capaces de movilizarse social y políticamente, y que también algunos pueden ser pusilánimes y mediocres.

FSJ: ¿Cómo informar sobre  hechos violentos sin recurrir al efectismo, al horror y el miedo en las noticias?

JPA: Reconociendo en las experiencias de violencia no solamente el daño ni el hecho violento sino al sujeto que vivió el daño porque caes fácilmente en narrar la tortura. Narrar desde la tortura y no hablar del sujeto torturado, que resistió, se enfrentó con dignidad, se entregó que son actos que nos permiten reconocer el sujeto no es solo la tortura sino que se convierte en ese hecho que narra porque le preguntamos solo por eso.

Lo mismo pasa con los combatientes y ex combatientes. Si les preguntas  a los niños excombatientes por un solo tema hablará solo de eso. Pero el sujeto es más que esas narrativas de efectividad del daño.

Hay una relación entre dos, entre el que enuncia y el que pregunta, que puede ser el periodista, el psicólogo, el investigador, el abogado. Debemos reconocer que hay dos sujetos: el que pregunta y escucha y el que habla y enuncia; además, promover una escucha ética, no de subalternización del otro.

Conocer y representar el horror

En el foro: Conocer y narrar el horror de la Universidad de los Andes. Un psicólogo social, un sociólogo y un psicoanalista analizaron desde sus áreas de conocimiento, y trabajo, la narración y representación del horror tanto en los medios, los informes institucionales y trabajos de investigación.

El objetivo del encuentro era ofrecer diversas miradas sobre las formas de presentar las experiencias de sufrimiento y victimizaciones como la desaparición y la tortura, entre otras.

El sociológo uruguayo,  Gabriel Gatti, se refirió a los sustantivos de víctimas, y desaparecidos que circulan hoy, de manera frecuente, y mostró algunos textos en los medios de comunicación españoles que reportaron sobre las víctimas de Franco[i].

“Estos sustantivos son categorías, un lugar donde habitar, tener un discurso e identidad. Mostrar la categoría de víctima se ha convertido en receptor de identidad, de discurso”, afirmó Gatti, quien es hijo de desaparecidos.

El sociólogo aseguró que a partir del año 2005 se empezó a  hablar más sobre las víctimas del Franquismo en España y en el 2007 crearon mapas de las fosas comunes, se hablaba de desapariciones.

“Pero esto no quiere decir que las víctimas no existían antes, sino que se empiezan a usar esos conceptos con normalidad (…) Estas categorías sirven de reconocimiento a personas que antes no tenían nombre”, agregó.

Durante su intervención, Gatti compartió una exposición de Gervasio Sánchez, reportero gráfico español, con fotos de desaparecidos de diferentes partes del mundo, que corresponde -según Gatti- una estética de la figura del desaparecido.

Por su parte, Juan Pablo Aranguren explicó que aunque hay una tendencia a no reconocerse en el otro, al buscar en el árbol genealógico siempre se encuentra alguien de la familia que ha sido victimizado.

Aranguren dio un ejemplo de un grupo de estudiantes de Los Andes quienes preocupados por el tema de las “víctimas” y con el interés de entrevistarlas querían buscarlas en barrios humildes de la ciudad; entonces Aranguren los invitó  a buscarlas en la universidad y encontraron entre ellos parientes de líderes de izquierda asesinados, de padres secuestrados comprobando así que la victimización era parte de su historia.

 Conocer y representar

En el transcurso del foro se analizó cómo la “víctima”, aislada en un determinado momento se ubicó en el centro social y en el espacio público como alguien que debe ser reconocido por algo.

Explicó Gatti que existen dos enfoques acerca de  la categoría de víctima: “En el francés, la víctima cada vez se instala más en el espacio colectivo,  quita protagonismo al ciudadano (…) el abordaje anglosajón, que es sensible a atender al dolor de los demás,  plantea convertirlo en un problema social universal”.

Entre tanto, para el psicoanalista Marcelo Viñar, el éxito mediático de la violación de derechos humanos le hace sentir desagrado porque convierte la lucha en un hit televisivo. “Se transforma la tragedia en comedia”.

Sin embargo, “Esta trivialización televisiva y la producción de ídolos, (…) esas contradicciones a veces son fecundas porque reemplazan el silencio abrumador donde los desaparecidos eran desaparecidos”.

En el “posconflicto” esa palabra tan de moda, había una prédica del silencio – continuó Viñar – por eso la trivialización televisiva, esa imagen dice algo aunque aparezca al lado de una publicidad de gaseosas. “La prefiero a la dimensión del silenciamiento cuando éramos mirados con desdén porque queríamos hablar de eso”.

En opinión de Viñar, el tema de este foro no solo era pertinente sino ineludible porque representar es, literalmente, la capacidad de volver presente los objetos ausentes.

“El lenguaje, lograr la capacidad de ser seres hablantes, es un logro de la especie humana, ser seres hablantes. El lenguaje está en contradicción con el horror porque el horror trastoca la capacidad de pensar, somos toda emoción, afecto, pasión y crueldad, del afecto, sin pensamiento (…) Conocer y representar es crear con palabras, por eso el horror es la destrucción de esa empresa creativa”, añadió Viñar.

Para el psicoanalista uruguayo, el relato es parte esencial de cualquier comunidad y es fundamental para conocer el pasado, para saber de dónde venimos y a dónde vamos; de ahí ,que transmitir la memoria sagrada, de valores y creencias, es uno de los más viejos oficios de la humanidad y rasgo distintivo de la especie humana.

¿Cuál es entonces, en términos de memoria, la frontera saludable entre memoria y olvido, quién lo decide? No es el poder político. Es importante preguntarse ¿cómo marcan los roles, los estigmas, cómo marca ser hijo de un ancestro mancillado?

Por una ética de la escucha

En su intervención, Juan Pablo Aranguren sostuvo que algunas organizaciones sociales se han apasionado en narrar el sufrimiento, en que se pone peso a las narrativas gubernamentales y en visibilizar lo silenciado, la violencia extrema.

“Esas prácticas de sistematización  del sufrimiento, han instalado una narrativa sobre la efectividad del daño, en decir cuántos, de qué manera fueron torturados y dónde, pero sin profundizar en la experiencia subjetiva”, explicó Aranguren.

Uno de los efectos de esa narrativa de la efectividad del daño es que se concentra en el lenguaje de responsabilidad, recrea los hechos violentos, se concentra en el hecho y no en la persona que lo experimentó.

El lenguaje estadístico de indagar por el qué (…) ese lenguaje austero y sistemático, la violencia epistémica no se preocupa por los individuos” esas estadísticas pueden ser borradas también, pueden desaparecer.

Aranguren se refirió también a la resistencia de algunas personas que se resisten a los discursos oficiales que “subalternizan” al sujeto, que lo ven como inferior y alguien a quien dotarlo de voz.

También preguntó acerca del lugar desde el que se narra, de la presentación de memorias públicas que hablan solo desde el dolor de la víctima pero que no muestran a la persona en su integridad, más allá del hecho victimizante.

Juan Pablo Aranguren propuso reflexionar acerca del desarrollo de una ética de la escucha por parte de quienes recogen testimonios: periodistas, investigadores, psicólogos, activistas, etc.

Aranguren además invitó a buscar otras formas de narrar el dolor, el horror y recordó que: “quienes están ante el dolor de los demás no pueden escapar del marco geopolítico en que se inscriben”.

La ética de la escucha es una vieja idea a Frantz Fanon[ii], que invita a reconocerse en el otro que decimos no ser, esos otros distantes que decimos no ser: las víctimas o los actores de la guerra. “El acto de reconocernos en el otro, es un camino de la ética de la escucha (…)”, puntualizó Aranguren.

[i] https://www.es.amnesty.org/paises/espana/victimas-de-la-guerra-civil-y-del-franquismo/

[ii] http://www.academia.edu/6398986/PEDAGOG%C3%8DAS_DECOLONIALES

  • Este artículo y la foto aparecieron en Radiomacondo por Fernanda Sánchez Jaramillo.