Chile: Médicos sin marca

Entrevista a Juan Carlos Almonte es médico psiquiatra y psicoterapeuta chileno, quien atiende  pacientes de manera ambulatoria y también es docente en la Universidad de Chile, es uno de los miembros de Médicos Sin Marca de ese país.

FSJ: ¿Cómo surgió la idea de crear Médicos Sin Marca?¿Cuál era el escenario en términos de las relaciones entre los médicos chilenos y las farmacéuticas?

JCA: Médicos Sin Marca surgió a partir de la visión crítica que sus tres fundadores venían pensando de manera individual durante algunos años. Creo que a los tres nos llamaba  la atención el hecho de que no existiera cuestionamiento alguno entre nuestros colegas respecto al alto grado de interacción financiera que existe entre la industria farmacéutica y la medicina, tanto de manera grupal como individual.

Congresos que ofrecen poco más que vida social, lanzamientos de fármacos en hoteles costosos, un enfoque demasiado centrado en las terapéuticas farmacológicas en las actividades de puesta al día, etc, son el tipo de observaciones del que nació nuestra visión crítica.

FSJ: ¿Existe un colegio de médicos en Chile que investigue las relaciones entre los médicos, los laboratorios, hay sanciones por faltas a la ética por conflictos de interés?

JCA: Para la directiva del Colegio Médico, asumida durante el 2017, este es un tema prioritario. Creo que por primera vez. Anteriormente hubo intentos tibios por establecer marcos regulatorios, pero creados mas bien desde la industria que desde una reflexión profunda del Colegio Médico. Hasta donde sepa, nunca se ha investigado ni sancionado a algún colega por faltas a la ética en este punto. Ni siquiera sobre la base de estos marcos regulatorios antes nombrados.

FSJ: ¿Qué estrategias siguen usando las multinacionales para enganchar a los médicos, usan las mismas formas de antes, pagar congresos, establecer agendas, dar descuentos o viajes a los médicos que formulen los medicamentos que ellos ofertan?

JCA: Todo lo que mencionas, aunque en los últimos años los recursos se han ido desplazando hacia el financiamiento de la así llamada “Educación Médica Continua”. Ésta es hoy pagada en más de un 50% por la industria farmacéutica y de dispositivos biomédicos, siendo esta cifra mayor en algunas especialidades como psiquiatría.

Lamentablemente, los médicos hemos ido cediendo terrenos como el de la investigación y el de la educación a la industria farmacéutica, que son quienes tienen hoy el control de tales actividades. Esto tiene un impacto muy importante en qué tipo de medicina es la que practicamos hoy.

FSJ: ¿No se falta a la ética al aceptar a los visitadores médicos?

JCA: Desde nuestro punto de vista sí. Es aceptar que un agente de ventas nos eduque, es permitir que alguien que está contratado con el fin de aumentar las ventas de un medicamento X, y no de mejorar la salud de nuestros pacientes, influya en nuestras decisiones clínicas.

Y como la manera de influir es más inconsciente que consciente, no sacamos nada con decir que somos suficientemente hábiles como para declararnos inmunes a la publicidad y al trato de nobles que parecen darnos.

FSJ: Además de médicos sin marca ¿No requerimos también un periodismo sin marca que no reciba regalos de las multinacionales farmacéuticas?

JCA: Por supuesto. Habría que partir por contar con una especie de ley de transparencia que obligue a los periodistas a reportar detalladamente sus conflictos de interés. Mucha de la información de salud que leemos en los periódicos son en realidad publirreportajes. Lo mismo debería ocurrir con los políticos: transparencia respecto a quiénes financian sus campañas.

FSJ: ¿Cuál es el impacto que pueden tener Médicos sin marca en el diseño de políticas públicas cuando los congresistas por lo general reciben dinero, y regalos, del lobby de estas empresas?

JCA: Pensamos que en la medida que el grupo de adherentes a la ONG crezca tendremos más espaldas para influir a ese nivel. Del mismo modo vemos el crecimiento que podamos tener en los países de habla hispana.

Desde el año pasado funciona la primera organización hermana: MSM Colombia, y estamos trabajando por la creación de más capítulos en Perú, México, Ecuador y Uruguay.

Por otra parte hemos constituido un directorio con personas influyentes en el campo de la salud pública nacional, hoy contamos incluso con la Presidenta del Colegio Médico como miembro de nuestra mesa directiva.

Le hemos dado prioridad también a aumentar la discusión de estos temas en las escuelas de medicina para contar con profesionales que al recibir su título ya cuenten con una visión crítica del tema.

Por último nos hemos preocupado —si bien nos falta mucho en esto aún— por compartir nuestro punto de vista con la ciudadanía, donde hemos encontrado gran apoyo a nuestras propuestas. Todos estos esfuerzos esperamos que puedan tener impacto también en los congresistas, que no solo se deben a quienes le financian sus campañas, si no también a sus votantes.

FSJ: ¿Finalmente, por qué necesitamos más Médicos sin marca en Latinoamérica en el mundo? ¿Trabajan con organizaciones de pacientes y/o medios de comunicación que deseen independizarse de esa pauta millonaria?

JCA: Porque la medicina dejada a las manos de partes interesadas a lucrar con ésta se expone no solo a un progresivo encarecimiento de ésta, sino también a ser una medicina cada vez más centrada en la tecnología, farmacocéntrica y menos humana.

Porque ha sido demostrado que la medicina informada por la industria farmacéutica ha llevado al sobre-diagnóstico y sobre-tratamiento de diversas condiciones clínicas, con el consiguiente aumento del gasto y de la exposición a posibles efectos deletéreos.

Hemos tenido acercamientos iniciales con agrupaciones de pacientes con el fin de conocer la magnitud de las relaciones que éstas mantienen con la industria y entonces plantearles un trabajo en conjunto para lograr mayores niveles de independencia. Las agrupaciones de pacientes han sido usadas también por la industria como eficaces para el lobby. Con medios de comunicación no hemos trabajado directamente, es sin duda una tarea pendiente.

FSJ: ¿Hay alguna resistencia por médicos de antiguas escuelas que crecieron en un tiempo en que estas atenciones por parte de las empresas se normalizaban y no se cuestionaban?

JCA: Algo de eso pasa. Es muy difícil para un médico que hace 30 años acostumbra ir al congreso de la sociedad europea financiado por un laboratorio, que de la noche a la mañana se muestre crítico frente a estos comportamientos.

Sin embargo, hemos encontrado entre colegas con más años de experiencia también a grandes aliados, que hasta antes de nuestra aparición como ONG llevaban su visión crítica en un terreno más personal y privado.

Pienso que hoy la figura del médico está sujeta a las mismas exigencias que profesionales de otras disciplinas. Hemos dejado poco a poco de ser cómplices de la idealización que antiguamente nuestra carrera gozaba. Esta idealización dificulta ver que como seres humanos estamos sujetos al mismo tipo de influencias que cualquier ciudadano a pie.

“Los medios tienen el deber ético de crear escenarios para que la sociedad se relacione en términos de escucha”, Juan Pablo Aranguren

Entrevista, a Juan Pablo Aranguren, doctor en ciencias sociales, magister en antropología y psicólogo y profesor de la Universidad de los Andes.

FSJ: ¿Qué campos semánticos y metafóricos se pueden utilizar para reemplazar los campos bélicos utilizados en los medios de comunicación e incluso en informes de memoria para representar a las comunidades?

 

JPA: Yo creo, que el primer elemento a considerar es que nuestro lenguaje -casi inevitablemente- ha sido impactado por la guerra. En esa medida, nuestro lenguaje, las ciencias sociales, la comunicación y el conocimiento están profundamente impactados por la guerra.

Nuestro relacionamiento con el otro, está relacionado con los marcos de guerra, como explica Judith Butler, que nos obligan a reconocer ciertas vidas como dignas de duelo y otras muertes que no valen la pena ser lloradas.

Entonces creo que el elemento fundamental, e inicial, es repensar de qué manera nuestras estructuras epistemológicas han sido influenciadas por estas dinámicas bélicas y cómo podemos reconocernos en ese otro que decimos no ser.

Muchas veces decimos: ¡no soy víctima! ¡No soy combatiente! Pero cuando replanteamos nuestra historia personal, nuestra genealogía descubrimos que muchos de nosotros o alguien de nuestra familia lo ha sido.

Puedes encontrar familias impregnadas por la dinámica de la guerra de este país. Necesitamos nuevos marcos epistémicos para reconocernos en otros, en ese que decimos no ser. Todos tenemos algo de víctimas y de cómplices. Transformar esos marcos es un punto esencial.

FSJ: ¿ Esa representación constante del victimario y la victima dignifica a las personas?

JPA: Creo, que la categoría de víctima es un concepto interesante; si bien etimológicamente viene de una idea del puesto en sacrificio, en términos legales tiene un buen recorrido porque permite reconocer que alguien te hizo daño, que no es tu culpa.

En términos legales nos dice que alguien hizo un daño y en ese sentido es un concepto justo, alude a que uno es víctima de alguien y no de uno mismo. En términos psíquicos, significa que el daño es causado por otro y no soy responsable de mi sufrimiento.

El concepto de victimario cada vez me gusta menos;  especialmente, cuando es aplicado genéricamente a todos los grupos combatientes, de los grupos armados ilegales.

A mí me parece que el concepto de victimario debería permitir diferenciar un combatiente y excombatiente y nombrarlo no solamente como victimario, pues eso nos permitiría reconocer otras historias.

El concepto victimario suena mejor cuando pensamos en grandes perpetradores de violencia como los genocidios y no porque ellos no tengan responsabilidad si no porque los combatientes son más que victimarios, tienen historias de victimización,  han tenido en sus vidas actos de compasión hacia otros seres humanos.

Además es importante destacar la diversidad entre combatientes y sacarlos del “monstruo” producido por la guerra porque a los monstruos no se los puede juzgar porque necesitan exorcismos, pero no ser juzgados.

Pero cuando reconocemos la humanidad del combatiente, entra en el ámbito de lo juzgable y de quien tenía la posibilidad de hacer o no hacer algo. 

Si reconocemos que es un ser humano y no un producto monstruoso de la máquina de guerra vemos que es alguien que toma decisiones de compasión y de asesinatos, no solo de compasión y no solo de lo bélico.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en el imaginario colectivo la representación constante y repetida de porciones de verdad por parte de los medios de comunicación?

JPA:  Yo creo que eso genera algo que Martín Baró, un psicólogo social español que vivió en El Salvador, decía: hay un efecto en la guerra por el poder de los medios de comunicación para establecer las mentiras institucionalizadas.

Las mentiras institucionalizadas son los fragmentos de verdad que se presentan como verdaderos a partir del lugar de poder que ocupan los medios de comunicación.

Por ejemplo cuando Álvaro Uribe Vélez decía que los jóvenes víctimas de ejecuciones extrajudiciales no eran muchachitos que estaban recogiendo café, eso se instaló como una mentira institucionalizada. Ese lugar de enunciación, ese mismo poder no lo tenía la madre de Soacha porque los medios no estaban a su servicio.

De la misma manera que la guerra habilita marcos epistémicos para relacionarnos con  los otros, también habilita una manera de relacionarnos con las vidas y las muertes.

Los medios se movilizan más con el secuestro que con la desaparición forzada y eso es problemático. Los medios habilitan un relacionamiento con ciertos hechos de violencia y esto provoca más compasión con unos que con  otros.

Por ello, una señora de la clase media bogotana se conmueve con el relato de Ingrid Betancur, de Alan Jara pero no con las ejecuciones extrajudiciales. Ese concepto de mentira institucionalizada nos revela mucha, y se relaciona con esas porciones de relatos como verdad imperecedera.

Algo que generan los informes de memoria histórica, sin proponérselo, es que han puesto la luz sobre ciertos hechos y oscurecen otras narrativas.  Yo tengo un pronóstico triste: creo que acá puede pasar lo que ocurrió en Chile, una vez terminaron los informes de memoria, esas voces persistentes de las víctimas se convirtieron en voces molestas, impertinentes. (Los chilenos pensaban pero sí ya se les hizo un documental, ya se les publicó un libro).

Es como pasar la página sin terminar de leer el libro. Ese pasar la página es problemático, es como: ¡ya está!, ya hicimos la tarea aunque el informe lo que indique es que la situación está tremendamente complicada.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en las audiencias hacer del conflicto armado, armado, el desplazamiento, la desaparición forzada, el secuestro un espectáculo?

JPA:  No es conveniente para la salud mental de nadie. Por ejemplo, estos escenarios de pedir perdón de los paramilitares no son emocionalmente favorables porque se cumple un requisito de la Ley de Justicia y Paz pero no es benéficoEn las audiencias el lugar de enunciación del victimario fue privilegiado y no el de la víctima, entonces se invierten los procesos.

En Argentina, en cambio, las víctimas son las que hablan y el tiempo para los “victimarios” es más corto. La estructura misma de la Ley de Justicia y Paz privilegia al victimario.

FSJ: ¿Qué efecto tiene en la persona que ha sido víctima y/o testigo de violencia ser representada como sujeto pasivo al recibir ayuda del gobierno y como sujeto activo, cuando exige y demanda del Estado algo?

JPA: Las políticas del reconocimiento implican que si eres reconocido como pobre puedes aplicar por subsidios para casas, si eres pobre y pilo puedes aplicar para becas universitarias.

Las políticas de reconocimiento promueven un lugar de enunciación incómodo para el resto de la sociedad, pero las víctimas son más que su lugar de enunciación. Una víctima puede recibir dinero un día por concepto de reparación y al otro día, ser un sujeto activo que se moviliza al igual que cualquiera de nosotros.

Los seres humanos somos más que ese lugar donde nos puso la guerra. Una manera de quebrar esas narrativas, es enunciar las víctimas más allá del sufrimiento porque son personas que hacen más cosas, son universitarios, trabajadores, etc.

FSJ: ¿Cuáles son las consecuencias psicológicas de las imágenes fijas, auditivas, visuales y escritas, de desaparecidos, desplazados, torturados, repetidas por los medios de comunicación?

JPA:  En mis clases de psicología comprendí que el desencanto de los estudiantes con la violencia y el conflicto armado obedecía al cansancio y agotamiento frente a estos temas.

Comprendí que ese desencanto de mis estudiantes era el reflejo de su aversión a los impactos de la guerra. Ellos me dijeron que no es que no les importara sino que estaba relacionado con una condición de exacerbación mediática de los temas lo cual ha generado un distanciamiento.

El impacto psicológico es un síntoma social, un trauma social. Un  síntoma social sería una cierta aversión, negación y toma de distancia frente a estos temas porque no queremos acercarnos a ellos, queremos ver la Selección Colombia, a la gente ganando y no la guerra.

Otra consecuencia fue el impacto psicosocial del asesinato de candidatos políticos en los años 90. ¿Por qué las nuevas generaciones no somos capaces de llegar a algo más pleno? Porque asociamos la política con el dolor y el sufrimiento y es difícil que esta generación se lance a la política, asociada con la muerte.

FSJ: ¿La forma en que los medios representan la violencia obstaculiza o retrasa el proceso de superación de la condición victimizante por parte de las personas?

JPA: Creo no tienen el poder de retrasar o empujar, pero sí tienen un deber ético de crear escenarios para que la sociedad se relacione en términos de escucha. Esto es posible utilizando otros sonidos, otras voces y cambiando el espectro auditivo para que no resuene con lo mismo.

Los medios de comunicación son recurrentes en el desencanto y fijación de los mismos sonidos. Por eso necesitas escuchar otro tipo de enunciación de voces, que nos hablen de la violencia de otra manera que nos permitan salir del embotamiento en que hemos caído con esa reiteración de sonidos e imágenes, para eso está la literatura el cine, es buscar otros lugares de enunciación, ver otra cosa.

FSJ: ¿Qué impacto tiene en la salud mental de los colombianos el discurso de la impotencia construido por los medios de comunicación para representar a las víctimas?

JPA:  Primero, habilita un tipo de ideas sobre las  víctimas relacionadas con un ser humano desprovisto de agencia y de condiciones económicas favorables, de asociación de las víctimas con el pobre y el pobrecito.

Esto hace que, como sociedad, la narrativa de víctima que se ha instalado es la de alguien que solamente sufre, pero quienes los conocemos sabemos que son seres “con agencia” no son solo seres sufrientes y mares de lágrimas, sino capaces de movilizarse social y políticamente, y que también algunos pueden ser pusilánimes y mediocres.

FSJ: ¿Cómo informar sobre  hechos violentos sin recurrir al efectismo, al horror y el miedo en las noticias?

JPA: Reconociendo en las experiencias de violencia no solamente el daño ni el hecho violento sino al sujeto que vivió el daño porque caes fácilmente en narrar la tortura. Narrar desde la tortura y no hablar del sujeto torturado, que resistió, se enfrentó con dignidad, se entregó que son actos que nos permiten reconocer el sujeto no es solo la tortura sino que se convierte en ese hecho que narra porque le preguntamos solo por eso.

Lo mismo pasa con los combatientes y ex combatientes. Si les preguntas  a los niños excombatientes por un solo tema hablará solo de eso. Pero el sujeto es más que esas narrativas de efectividad del daño.

Hay una relación entre dos, entre el que enuncia y el que pregunta, que puede ser el periodista, el psicólogo, el investigador, el abogado. Debemos reconocer que hay dos sujetos: el que pregunta y escucha y el que habla y enuncia; además, promover una escucha ética, no de subalternización del otro.