Violencia mediática y su impacto en la salud mental

 

Entrevista a Fernando Valadez Pérez médico, psiquiatra, psicoanalista, y dramaturgo mexicano. Miembro fundador del Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad www.contralatortura.org.mx.

Además es miembro vitalicio de la Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo www.ampag.edu.mx

FSJ: ¿Qué impacto tienen el periodismo “necrofílico” en la salud mental de los mexicanos? Me refiero a ese cubrimiento estadístico, morboso, sensacionalista de medios impresos, televisivos, radiales y digitales.

FV: Generan en el lector, espectador, radioescucha, televidente: terror, miedo, ansiedad. Despiertan fantasías de que en cualquier momento se puede ser víctima. Provocan inmovilidad, desesperanza, hay un proceso de identificación con las víctimas, dolor psíquico, hay sensación de amenaza permanente.

FSJ: ¿Qué impacto tienen estos contenidos periodísticos en la salud mental individual y colectiva de personas supervivientes de violencia?

FV: Puede haber situaciones de re-traumatización, si la persona no está en tratamiento, o si no sabe cómo opera el gobierno los medios en su táctica de guerra psicológica. Las mujeres, ya con mayor vulnerabilidad, pueden incrementar su miedo y ansiedad de ser atacadas sexualmente o ser víctimas de feminicidio.

FSJ: En Colombia, un psicólogo e investigador manifestaba que la sobre-exposición a la violencia mediática generaba un cansancio en la audiencia y contrario a lo que se esperaba menos empatía con respecto a las víctimas. ¿Qué ocurre en México?

FV: Igual. Es uno de los efectos de la saturación y de acostumbrarse los cuales generan indiferencia hacia las víctimas, ya que los medios generalmente criminalizan a las víctimas y tratan de impulsar discursos: “por algo sería”, “tal vez se lo merecían” “¿Quién sabe en que estarían metidos”

FSJ: ¿El cubrimiento mediático de la violencia mexicana que apela a las estadísticas, titulares amarillistas, textos plagados de categorías tales como “monstruo” ´”víctima” “victimario”, y fotos exhibiendo muertos, sangre generan empatía, repulsión o miedo en quien los ve? ¿Es tortura psicológica?

FV:

FSJ: ¿Qué recomendaciones tiene para las personas expuestas constantemente a informaciones violentas sobre México y/o Colombia a través de los medios de comunicación y las redes sociales?

FV:

FSJ: ¿Qué  hacer para protegerse del impacto que los contenidos mediáticos tienen en la salud mental?

FV: Dosificar el uso de las redes sociales y la exposición a medios es una de las recomendaciones que hace Fernando hace recomendaciones para las personas del común y para activistas. Escúchenlo aquí.

 

 

 

Colombia: Encuesta Nacional de Salud Mental

La Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) es un importante recurso antes de informar sobre el tema. En ella se encuentra la información más actualizada, 2015, sobre el estado de la salud mental de la población colombiana.

En el resumen ejecutivo de la encuesta, explica Carlos Gómez Restrepo, médico psiquiatra, psicoanalista y epidemiólogo clínico de la Universidad Javeriana y director de la ENMS-2015 que:

“La presente ENSM-2015 tuvo como objeto brindar información actualizada acerca de la salud mental, los problemas, trastornos mentales, la accesibilidad a los servicios y valoración de estados de salud, de la población colombiana rural y urbana mayor de 7 años, privilegiando su comprensión desde los determinantes sociales y la equidad.

Para ello se desarrolló un estudio observacional de corte transversal a nivel nacional, que tuvo como base una sub-muestra de la Muestra Maestra de estudios poblacionales para salud del Ministerio de Salud y Protección Social, con una representatividad nacional y regional y con desagregación geográfica a nivel regional, urbano/rural y demográfica por rangos de edad: 7-11, 12-17 y 18 y más años”.

Las regiones donde se aplicó la encuesta fueron la Central, Oriental, Atlántica, Pacífica y Bogotá.

La encuesta indagó sobre características socio-demográficas, antecedentes personales y familiares, condiciones del hogar y la vivienda; aspectos de salud mental, el cual incluye percepciones del individuo y del entorno, cognición social, capital social, eventos vitales y violencias.

Además, se observaron problemas de conducta. Trastornos mentales en adultos y adolescentes se midieron trastornos depresivo, afectivo bipolar, de ansiedad generalizada, de pánico, fobia social, suicidio y, solo en adultos, tamizaje de personalidad.

En niños y niñas se midieron ansiedad de separación, trastorno de pánico, de ansiedad generalizada, depresivo, trastorno de la conducta, co-morbilidades con condiciones crónicas no psiquiátricas,  déficit de atención e hiperactividad y , acceso a servicios de salud y estados de salud, entre otros.

La encuesta a personas de 12 años en adelante se hacía directamente y para los menores de 12, entre 7 a 11 años, a su cuidador principal.

Descargar el archivo: Encuesta Nacional de Salud Mental Colombia 2015

“Podrían diseñarse programas que busquen aliviar el sufrimiento derivado del conflicto”, José Miguel Uribe.

 

Miguel Uribe, experto colombiano en salud mental pública.

José Miguel Uribe Restrepo es  médico y psiquiatra de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá. Psicoanalista, Instituto Colombiano de Psicoanálisis y magister en Salud Pública, de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, Estados Unidos. Ha sido Profesor del departamento de psiquiatría y salud mental de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, Director Científico de La Clínica La Inmaculada y miembro adscrito de la Fundación Santa Fé de Bogotá. Actualmente es consultor en salud mental pública.

FSJ: ¿Qué elementos caracterizan a una política de salud pública sólida?

JMU: La salud pública depende de un enfoque poblacional y un modelo que aborde los componentes de promoción, prevención, tratamiento y rehabilitación de los problemas de salud.

La definición de salud se ha ampliado y ya no se entiende solo como la ausencia de enfermedad, el campo de acción de la salud pública también se expandió. Ello lleva a nuevos retos pues actuar sobre los determinantes sociales de la salud e implementar programas de promoción no es algo exclusivo del sector salud. Tampoco es seguro que sea el que mejor puede hacerlo, cuando se piensa que muchas acciones son sobre educación, sobre el entorno urbano, o sobre el cambio climático, para mencionar un tema más reciente.

Por ejemplo, la definición amplía de salud mental pública plantea otros interrogantes. En el marco del llamado posconflicto, podrían diseñarse programas que busquen aliviar el sufrimiento derivado del conflicto. Tarea enorme, por supuesto.

Pero al leer los escritos sobre salud mental y conflicto parece existir otra tesis: la del rol de la salud mental en la génesis y perpetuación del conflicto y la violencia. Esto es en mi opinión debatible. Por un lado, no hay claridad sobre qué tipo de “intervenciones” en salud mental pública van a tener un efecto preventivo sobre conflictos. Por el otro, buena parte del origen del conflicto tiene que ver con estructuras políticas y estructuras de poder que no están relacionadas con la salud mental.

FSJ: ¿Cuáles de esos elementos le faltan a Colombia?

JMU: La debilidad relativa de los niveles de atención primaria y carencia de programas de promoción en salud. Otro elemento es la evaluación rigurosa de los impactos de los programas existentes y de los desenlaces centrados en el paciente en los procesos de atención en salud.

En el caso específico de la salud mental, la escasa participación de los pacientes en los distintos niveles de decisión del sistema de salud es preocupante. Me refiero a un continuo que va desde las acciones que llevan a un estilo de vida que favorecen la salud mental, pasando por una decisión compartida al iniciar el tratamiento y la participación en el diseño de estudios y programas. Los grupos de pares, que han mostrado ser una herramienta importante para la recuperación en salud mental, también son prácticamente inexistentes.

La coyuntura actual del posacuerdo servirá como “estudio de caso”, cabe esperar que se destinen muchos recursos a programas de salud mental. Es la oportunidad para poner la salud mental como un tema prioritario para la salud pública.

Pero estos programas deben contar con evaluaciones que permitan entender en qué han funcionado y en qué se han quedado cortos. No basta con hacer acciones y contarlas. Hay que ver si se traducen en beneficios reales para los usuarios y para la población.

Esto incluye también los costos en salud. Mientras que los recursos existentes no sean infinitos, hay que emplearlos mejor, y si fueran recursos generosos, no se pueden desperdiciar.

FSJ: ¿Qué factores positivos tiene Colombia?

JMU: Hay resultados positivos. El Ministerio ha desarrollado e implementado un modelo de atención integral que busca fortalecer la atención primaria. Su compromiso con el enfoque diferencial es también un elemento para destacar. A un nivel macro, la Ley 1751 de 2015, ley estatutaria de salud, ha logrado fortalecer el enfoque de derechos humanos en la salud. Por último, algunas asociaciones y grupos de pacientes y familiares empiezan a jugar un papel más activo abogando por un enfoque integral que contrarreste el tradicional olvido de la salud mental.

FSJ: ¿Cómo se explica que tengamos una ley de salud mental, Ley 1616 de 2013, pero no tengamos una política pública de salud mental si no solo acciones desarticuladas?

JMU: La ley de salud mental es un logro importante, que resultó de una coyuntura política bien aprovechada. La ley como tal dice qué se debe hacer, pero no cómo se puede hacer. Por ejemplo, la ley estipula como componentes importantes la inclusión laboral y la rehabilitación centrada en la comunidad. En la realidad, no hay modelos estudiados en Colombia que muestren una efectividad a escala ni de la inclusión laboral ni de la rehabilitación con base en la comunidad.

La desarticulación no es exclusiva de la salud mental, sino del sistema de salud. Mucho se ha hablado sobre las redes de atención, pero en la práctica casi toda la atención se centra en acciones individuales aisladas. La desarticulación en salud mental puede ser aún mayor que la existente en otros temas (salud materna, salud infantil, por ejemplo) pues hay visiones antagónicas entre quienes trabajan en salud mental.

FSJ: ¿Cómo se pueden superar estos vacíos?

JMU: ¡Ojalá supiera! Si bien en la teoría es posible trazar o diseñar un sistema de salud más o menos completo, la realidad presenta retos enormes. Son muchos los actores en el campo de la salud, con intereses y objetivos diferentes. En el sistema actual, no todos los intereses convergen en un objetivo común y menos en lograr lo mejor para el paciente. Hay incentivos perversos, que llevan a que se privilegien las ganancias de algunos sobre el resultado para las personas.

Hay que construir un modelo que logre incluir, hasta donde sea posible, las diversas perspectivas de los actores de salud. Cuando se reflexiona sobre el origen de la Ley 100 por ejemplo, resulta notorio que fue una ley “de arriba abajo”, diseñada con criterios técnicos, pero sin mucho aporte de grupos de pacientes, comunidades o profesionales de la salud, entre otros. Y cuando aparecieron las dificultades esos actores sintieron que no era un sistema que les pertenecía, no tenía el apoyo requerido para momentos críticos.

FSJ: Finalmente, ¿Qué recomienda para informar  rigurosamente sobre salud pública?

JMU: Un ejemplo concreto: las noticias sobre suicidios. Pareciera que los principales diarios y medios de comunicación del país no se han enterado de que existen, hace mucho tiempo, recomendaciones sobre cómo dar contexto a la noticia de un suicidio y evitar posibles eventos negativos.

En otro sentido, llama la atención el empleo de términos derogatorios al referirse a los trastornos mentales, o emplearlos en un sentido que incrementa el estigma. Por ejemplo, cuando se dice que Colombia es un país esquizofrénico. Ello refuerza el prejuicio al insinuar que la llamada esquizofrenia es algo con consecuencias tan negativas.

Los trastornos mentales nos tocan a todos, en mayor o menor grado, y en mayor o menor cercanía personal. No son el resultado de una falla personal ni hay razón para que quienes los padecen sean rechazados o aislados. Mas bien, hay que brindar el apoyo social necesario y por parte del sistema de salud para fomentar la recuperación de los pacientes. Esos principios deben guiar la comunicación en salud mental pública.

Polivictimización genera mayor sufrimiento emocional

Adalberto Campo Arias. Universidad del Magdalena e Instituto de Investigación del Comportamiento Humano.

El médico psiquiatra y doctor en ciencias de la salud e investigador Adalberto Campo llevó a cabo, junto con estudiantes de la Universidad del Magdalena de Colombia, una investigación en el departamento del Magdalena sobre polivictimización a causa del conflicto armado en Colombia.

La polivictimización, definida como un conjunto de experiencias dolorosas o traumáticas, hace que quienes vivieron más de un hecho violento experimenten un mayor sufrimiento emocional. La polivictimización es un estresor mayor que la revictimización, es decir, la repetición de una misma victimización.

Esta es la primera vez que se cuantifica la relación entre polivictimización y sufrimiento emocional. Para establecer esa relación se diseñó un estudio cuantitativo, analítico, observacional y transversal con base en la información de las víctimas del conflicto armado en el Magdalena.

Este estudio de caso determinó la relación entre la polivictimización y el sufrimiento emocional en supervivientes del conflicto armado en 13 municipios del Magdalena entre los años 2013 y 2014.

Consulte los resultados de esta investigación aquí: Polivictimización por el conflicto armado y sufrimiento emocional en el Departamento del Magdalena, Colombia

Contacte al director de esta investigación a los siguientes correos electrónicos:

[email protected] y/o [email protected]

 

 

Salud mental y “posconflicto”. Violencia sexual, tortura, desplazamiento y minas antipersonal.

 

Salud mental y “posconflicto”. Violencia sexual, tortura, desplazamiento y minas antipersonal. Es una investigación periodística que a través de diversos géneros -entrevistas, reportajes y perfiles- ofrece un análisis cualitativo de los retos y deudas que en salud mental tiene el país con los sobrevivientes de estos hechos violentos en el marco del conflicto armado en Colombia.

Las víctimas, y resistentes, como prefieren llamarse algunos, nos narran en primera persona lo que han vivido y padecido en su largo camino por recuperarse, física y psicológicamente, de las huellas de la violencia sexual, la tortura, el desplazamiento y las minas antipersonal.

En sus testimonios encontramos también las críticas hechas a la atención recibida, pero también recomendaciones claves, para superar las debilidades que presenta el Programa de Atención Psicosocial y Salud Integral a Víctimas (Papsivi).

Mujeres y hombres compartieron de manera generosa su experiencia y  lucha por la supervivencia en medio de un sistema incapaz de responder integralmente a sus necesidades, debido a la magnitud del problema, y otras falencias analizadas en este libro.

La carencia de profesionales debidamente capacitados, sensibles y conocedores de los hechos del conflicto armado colombiano, la carencia de educación relevante en la academia, las limitaciones presupuestales y la falta de articulación entre entidades son algunas de las críticas que víctimas y expertos, le hacen al Programa de Atención Psicosocial y Salud Integral a Víctimas (Papsivi).

El libro además incluye la mirada gubernamental sobre lo que funciona y no funciona en el sistema.

La publicación consta de ocho capítulos: el primero, plantea la necesidad de conversar sobre la salud mental y definirla apropiadamente; el segundo, describe la violencia sexual ejercida contra las mujeres en el marco del conflicto; el tercero, contiene historias de personas torturadas e insiste en la necesidad de visibilizar este delito muchas veces subsumido en otros delitos como el homicidio; el cuarto tema, describe en las voces de sus sobrevivientes las múltiples pérdidas sufridas en el desplazamiento forzado.

El capítulo quinto se refiere a la necesidad de superar los vacíos en la ruta de atención psicosocial a víctimas de minas antipersonal. El sexto reúne tres entrevistas a representantes del gobierno sobre los avances y retos en materia de salud mental en el “posconflicto”.

El séptimo presenta una entrevista y un reportaje donde se analizan críticamente el Programa de Atención Psicosocial y Salud Integral a víctimas  (Papsivi) sus fortalezas, falencias y los desafíos más apremiantes en atención para las víctimas.

Finalmente, el capítulo octavo recoge las recomendaciones de expertos, nacionales e internacionales, sobre cómo los medios deberían cubrir temas relacionados con la salud mental de los colombianos, y especialmente, de los sobrevivientes de múltiples violencias.

La autora del libro es Fernanda Sánchez Jaramillo. Puede escribirle a: [email protected] para acordar alguna presentación o charla en torno a los temas de esta publicación.

Sobre la autora Ver

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Salud Mental y posconflicto